miércoles, 21 de octubre de 2009

Un paraíso de infierno

No veo, no escucho, no huelo, no saboreo, no siento nada; de los cinco sentidos, todos me han sido vetados. La única imagen guardada en mi mente y que me carcome hasta lo más profundo de mis entrañas fue de mí mismo deshecho y dividido en uno y mil pedazos.

¿Quién fui? Ni yo lo sé. Por ahora recuerdo muy poco, dentro de ello un nutrido convoy de gente herida, muerta e infortunada, del cual dicen formé parte. Hoy, estoy en lo que mis compañeros de desgracia y otros tantos que conocí aquí llaman el paraíso divino de los dolientes.

¡Mentira! Eso es una vil falacia. El único edén sobre el que alguna vez estuve parado fue aquél que me permitía mirar un cielo nublado, enjugar el llanto con tristeza y melancolía, sentir el viento rozar cada milímetro de mi rostro, oler el aroma de la tierra húmeda, saborear un delicioso manjar y escuchar el canto de los pájaros que habitan en los árboles verdes, sí, como el verde del pasto y de la naturaleza misma, de aquella representante de la vida, de una vida que ya no tengo.

Cuando me vi tras la atroz escena en la que dicen estuve inmiscuido, parecía que había sido destazado con saña, pero no, quienes dicen recordar el suceso sostienen una invasión del enemigo sobre nuestro campamento. Una bomba cayó sobre nosotros como un pájaro que vuela y de pronto cae muerto sobre suelo firme ¿El resultado? Una mano aquí, otra allá; un pie a la vista, otro extraviado; tres cráneos junto al matorral, pero del mío ni sus luces.

En pleno terreno baldío, extremidades yacían desperdigadas por todos lados. De pronto, me repuse, desperté y puse de pie, entonces me di cuenta que yo no era yo. Mi cuerpo quedó hecho añicos, trozos, como si de piezas de rompecabezas se tratara. Ni rastro había de lo que, supongo, un día llegué a ser. Tan sólo se trataba de mi pura esencia, libre de la envoltura carnal, de lo palpable, tangible y material que representaba el organismo humano.

En instantes me encontraba en un jardín ceñido de flores multicolores y un muro de color azul cielo con nubes que parecía llegar hasta el infinito, de muchísimos kilómetros de altura y somero remate de éxtasis y delicia. Pero ese no era mi edén, el verdadero fue aquél poseedor de los olores más nefastos, las peores imágenes, sabores desagradables y sonidos estruendosos. Sí, esos que me hacían sentir vivo. En este momento no soy nada, sino sólo un alma que vaga con dolor en medio del edén de otros.

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