miércoles, 21 de octubre de 2009

Entre sombras

8 de la noche. La película de terror es magnífica, en verdad logra manejar mis emociones por caminos y veredas que jamás antes imaginé. Me atemoriza y exalta y, encima de todo, en los momentos de mayor gravedad logra que me cubra bajo las cobijas imaginando que una montaña dura y resistente me protege bajo su manto. Estoy sola y tengo miedo.

De pronto olvido el filme, ignoro el motivo, dejo la sala, avanzo unos cuantos pasos y entro en un cuarto tan solo como mi persona, que sólo contempla dentro de sí la permanencia de una mujer: yo. Pongo a funcionar el tocadiscos, la música emana de las bocinas y, entonces, comienzo a bailar; un brazo arriba, otro abajo; una pierna adelante, otra atrás; palmadas, y un movimiento de cabeza que me marea y hace sonreír.

¿Por qué nadie llega? Me cuestiono instantes después. La casa de tres pisos está vacía y despoblada de seres humanos, la oscuridad pretende envolverla para dejar de ella sólo el recuerdo. Miro las fotografías que reposan sobre el librero, son viejas, y albergan un mar de momentos felices; ellas irradian alegría pero también un dejo de cruda nostalgia.

Giro el cuello y mi mirada se clava en la mecedora de madera en forma de caballo, intento subir a ella como cuando niña, pero es imposible, mis piernas son largas, y mi trasero ancho y regordete, ni partida a la mitad cabría en ese diminuto espacio. Sueño, añoro y extraño y, mientras tanto, nadie hace acto de presencia. ¿En dónde estarán? Me pregunto de nuevo.

Dirijo mi andar hacia el patio y me siento en el primer peldaño de la escalera, coloco mis brazos sobre las rodillas desechas por tantas caídas en la infancia. Observo el patio y encuentro ante mis ojos la imagen del lugar donde jugué con mis padres hace años y brinqué el resorte con mi hermana entre plantas de mil colores y bajo un sol ametrallador. Yo soy la niña orejona, de tez blanca y cabello rizado que tenía los seis años de hace cien.

Regreso a mi mundo, a mi presente, como máquina del tiempo retrocedí a los años felices, pero estoy de regreso en la casa de las sombras, del polvo y de las ruinas. ¿Qué pasa? ¿Acaso mi mamá no ha hecho el aseo por meses? Y ni siquiera puedo preguntárselo, pues ninguno de los tres llega.

Pareciera que nuestra casa tiene siglos abandonada, pero yo acabo de estar aquí por la mañana y los cuatro, mi papá, mi mamá, mi hermana menor y yo, desayunamos en la mesa principal tan contentos como nunca. Tras regalar al estómago los primeros alimentos del día, me acerqué al piano y puse mis dedos en movimiento, una tecla, la otra, y una más, todos los sonidos se amalgamaron en una pieza musical única y completa, suave, dulce y tierna, que ellos tarareaban al parejo de manera sincronizada, casi perfecta.

Me dirijo a las habitaciones, el aroma de cada uno sigue impregnado, y es obvio, apenas en la mañana estuvimos ahí. Observo las camas e imagino que todos dormimos sin excepción, protegidos y seguros como si fuéramos intocables, indestructibles, inmortales. Ya es muy tarde y no están aquí, ¿qué les habrá pasado? Cada vez me siento más sola.

Voy de regreso al patio e imagino ver a nuestra mascota, el perro más travieso del mundo moviendo el rabo tras ver y oler una barra de chocolate, la cual de antemano empieza a saborear aun sin tenerla dentro del hocico. Se llama Goliat, pero no es fuerte, ni poderoso, sino sólo un pequeño animal que más parece un llaverito que un confiable guardián; eso sí, siempre muy agradecido y cariñoso.

Me inserto de nueva cuenta en la sala, la película ya va en el minuto 40, me recuesto en el sofá y miro la pantalla. Los sonidos y las imágenes dirigen mi sentir a emociones específicas, tengo miedo, mucho miedo. Creo que la paranoia se ha apoderado de mí y empiezo a predisponerme a lo que pueda suceder. Pero ellos no llegan ¿qué les ha pasado? Es la una de la madrugada y la película continúa, todo es tan raro.

Sigo viendo el filme cuando en la pared del patio vislumbro la sombra de una mano que se mueve de un lado a otro para decirme adiós, mi cuerpo es presa del pánico, de la angustia, del desasosiego. Camino y me asomo fuera de la puerta, miro la pared y luego busco la fuente originaria de la sombra. Soy yo.

Yo no era yo, o más bien yo, mi cuerpo, es un simple recuerdo que vaga por una casa olvidada y desamparada. Pero aquella sombra es mi esencia, diciéndome adiós e invitándome a que mi cuerpo no se aferre más a seguir viviendo una vida que ya no le corresponde. Ahora recuerdo que mis padres, mi hermana, la mascota y yo fallecimos en un accidente automovilístico hace casi un siglo, pero no los encuentro en el más allá, por eso he venido a buscarlos, esperando que ellos también vengan a buscarme.

Todo es lo que alguna vez fue, pero que ahora ya no es realidad. Son las 2 de la mañana.

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