La reunión de esa noche había sido algo insólito, impredecible, repugnante. Ni siquiera al ver en la pared el reflejo de mi silueta sentada en una silla, con los codos recargados sobre la mesa y maniobrando para dejar en claro el plan a mi cómplice, me percaté de la gravedad de lo que hacía.
Ella, mi secuaz más importante, era la más bella de todas las mujeres y, hasta el momento, se mostraba envuelta por un aparente sentimiento de fidelidad interminable hacia mi persona. Era alta, delgada y de cabello lacio y negro como el azabache que terminaba al ras de su diminuta cintura; sus curvas voluptuosas parecían un rico caudal que extasiaba lo más hondo de mi ser, y su mirada daba la apariencia de ser un mar tan real que lograba hacer que me perdiera en lo más profundo sin saber quién era yo.
Sus ojos se cruzaban con los míos de forma segura y decidida, convencida de la magnitud del problema en el que se inmiscuía; yo únicamente deseaba tener más poder, aquél que sólo se puede obtener mediante el dinero, y para ello no me importaba hacer lo que fuera, incluso, organizar un secuestro.
Como hombre y funcionario público he presenciado la corrupción, la avaricia, el afán de engaño y la amistad enmascarada que yacen en las entrañas de quienes están dentro de la esfera política, aunque por mi mente jamás pasó la remota idea de estrenarme en dichos menesteres.
De pronto, sin saber cómo llegué tan lejos, me encontraba finiquitando los últimos detalles con Betsabé, aquella mujer encantadora, de ojos azules como el cielo y cara de ángel, pero experta para mentir, preparar coartadas fulminantes y mancharse las manos de ser necesario, todo fuera por el dinero, no la culpo, somos tal para cual. Eso sí, siempre creí que conmigo la cosa era indiferente, llegué a pensar que estábamos sometidos a una lealtad mutua con la que nos iríamos a la tumba y al más allá.
Siendo ella mi mano derecha, traería consigo a su gente, dos o tres hombres que le ayudarían a hacer el trabajo sucio, al fin que yo les pagaría extraordinariamente bien. Se trataba de secuestrar a un matrimonio que disfrutaba de los albores de la juventud, integrado nada menos que por un colega mío y su bella esposa; él era mi principal contrincante para la próxima contienda política en el gobierno estatal, cosa importante para mí, más no fundamental, que conste.
Mi plan no tenía miras a sacarlo de la jugada, era algo mejor: siendo él hijo de uno de los hombres más ricos del país, yo podría pedir una suma infinita por su rescate y el de su mujer; una vez pagada la cantidad los dejaría libres, formaría una gloriosa e inmensa fortuna y saldría del país para darme una muy buena vida, más valía eso que adentrarme en una lucha política donde el futuro es incierto, bien podría triunfar él o yo, todo era posible.
Momentos antes del fatídico suceso, los sondeos y las encuestas dieron a conocer una cuantiosa diferencia en la preferencia de los votantes para las próximas elecciones, mi ventaja era muy amplia, y mi triunfo casi seguro; aun así nada era garantía, más valía llevar a cabo un secuestro que no tendría falla alguna por lo perfecto de su planeación.
La hora llegó. Betsabé y sus ayudantes se encargarían de todo, yo no intervendría en la operación para evitar que me relacionaran con el hecho.
El hombre y la mujer víctimas del plan cenarían en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad, y al salir serían emboscados; mientras tanto, yo estaría en un hotel lejano entrevistándome con un político extranjero, y la peligrosa mujer con cara de ángel se haría cargo del resto, pues nos volveríamos a ver hasta una vez terminado el asunto para repartir el dinero del rescate, lo cual tardaría tanto tiempo como fuera necesario en aras de no incurrir en ningún riesgo y realizar un buen negocio con los familiares. Yo vigilaría todo, pero a lo lejos, claro está.
Las horas transcurrieron lentamente durante mi permanencia en el hotel, al parecer todo había salido tal y como se pensó, de lo contrario ya algo se hubiera sabido.
Tras beber la última copa salí, la noche daba miedo por la soledad que en ella reinaba y por su parecido a aquellas películas de terror donde en medio de la oscuridad un aire mortal te espera impaciente para acariciar tu piel y, de paso, eliminarte de este mundo.
Después de pasar en frente del parquímetro e intentar abrir la puerta del coche, un vagabundo se me acercó cautelosamente, al mirarlo de frente la frialdad me recorrió el cuerpo entero, se trataba de aquellos ojos azules como el cielo y aquella cara de ángel, era Betsabé, cuyo cuerpo yacía dentro de ropas sucias, viejas y rotas.
Todo pasó en segundos. Ella miró a su alrededor, y al cerciorarse de que no hubiera testigos sacó una pistola, entonces el sudor me recorrió de la cabeza hasta los pies; apuntó el arma a mi pecho con violencia y dijo: “Tú planeaste secuestrar a aquel hombre por dinero y avaricia, él mandó a matar a su rival político más fuerte, y yo trabajo para quien paga mejor”.
Entonces tiró del gatillo y disparó, nada se escuchó, aquella mujer enmascarada de bondad resultó ser la peor de todas, mentirosa, engañosa, traidora y vendida, aunque he de aceptar que perfecta en esos menesteres, tal como ella misma lo llegó a pregonar.
Mi cuerpo cae y de él se desprende algo que muchos llaman alma, pero no estoy seguro de que lo sea, quizás no sea un encuentro con la muerte sino sólo un mal sueño del cual no logro despertar. Qué más da, lo que más conflicto me causa es no haber cumplido jamás mi sueño: meterme en una escafandra y viajar hasta el ombligo del universo, ahí donde nada malo existe. ¡Maldita suerte la mía!
Perdí por gracia de Betsabé, todo lo perdí por gracia de un ángel sin alas, mi ángel.
Ella, mi secuaz más importante, era la más bella de todas las mujeres y, hasta el momento, se mostraba envuelta por un aparente sentimiento de fidelidad interminable hacia mi persona. Era alta, delgada y de cabello lacio y negro como el azabache que terminaba al ras de su diminuta cintura; sus curvas voluptuosas parecían un rico caudal que extasiaba lo más hondo de mi ser, y su mirada daba la apariencia de ser un mar tan real que lograba hacer que me perdiera en lo más profundo sin saber quién era yo.
Sus ojos se cruzaban con los míos de forma segura y decidida, convencida de la magnitud del problema en el que se inmiscuía; yo únicamente deseaba tener más poder, aquél que sólo se puede obtener mediante el dinero, y para ello no me importaba hacer lo que fuera, incluso, organizar un secuestro.
Como hombre y funcionario público he presenciado la corrupción, la avaricia, el afán de engaño y la amistad enmascarada que yacen en las entrañas de quienes están dentro de la esfera política, aunque por mi mente jamás pasó la remota idea de estrenarme en dichos menesteres.
De pronto, sin saber cómo llegué tan lejos, me encontraba finiquitando los últimos detalles con Betsabé, aquella mujer encantadora, de ojos azules como el cielo y cara de ángel, pero experta para mentir, preparar coartadas fulminantes y mancharse las manos de ser necesario, todo fuera por el dinero, no la culpo, somos tal para cual. Eso sí, siempre creí que conmigo la cosa era indiferente, llegué a pensar que estábamos sometidos a una lealtad mutua con la que nos iríamos a la tumba y al más allá.
Siendo ella mi mano derecha, traería consigo a su gente, dos o tres hombres que le ayudarían a hacer el trabajo sucio, al fin que yo les pagaría extraordinariamente bien. Se trataba de secuestrar a un matrimonio que disfrutaba de los albores de la juventud, integrado nada menos que por un colega mío y su bella esposa; él era mi principal contrincante para la próxima contienda política en el gobierno estatal, cosa importante para mí, más no fundamental, que conste.
Mi plan no tenía miras a sacarlo de la jugada, era algo mejor: siendo él hijo de uno de los hombres más ricos del país, yo podría pedir una suma infinita por su rescate y el de su mujer; una vez pagada la cantidad los dejaría libres, formaría una gloriosa e inmensa fortuna y saldría del país para darme una muy buena vida, más valía eso que adentrarme en una lucha política donde el futuro es incierto, bien podría triunfar él o yo, todo era posible.
Momentos antes del fatídico suceso, los sondeos y las encuestas dieron a conocer una cuantiosa diferencia en la preferencia de los votantes para las próximas elecciones, mi ventaja era muy amplia, y mi triunfo casi seguro; aun así nada era garantía, más valía llevar a cabo un secuestro que no tendría falla alguna por lo perfecto de su planeación.
La hora llegó. Betsabé y sus ayudantes se encargarían de todo, yo no intervendría en la operación para evitar que me relacionaran con el hecho.
El hombre y la mujer víctimas del plan cenarían en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad, y al salir serían emboscados; mientras tanto, yo estaría en un hotel lejano entrevistándome con un político extranjero, y la peligrosa mujer con cara de ángel se haría cargo del resto, pues nos volveríamos a ver hasta una vez terminado el asunto para repartir el dinero del rescate, lo cual tardaría tanto tiempo como fuera necesario en aras de no incurrir en ningún riesgo y realizar un buen negocio con los familiares. Yo vigilaría todo, pero a lo lejos, claro está.
Las horas transcurrieron lentamente durante mi permanencia en el hotel, al parecer todo había salido tal y como se pensó, de lo contrario ya algo se hubiera sabido.
Tras beber la última copa salí, la noche daba miedo por la soledad que en ella reinaba y por su parecido a aquellas películas de terror donde en medio de la oscuridad un aire mortal te espera impaciente para acariciar tu piel y, de paso, eliminarte de este mundo.
Después de pasar en frente del parquímetro e intentar abrir la puerta del coche, un vagabundo se me acercó cautelosamente, al mirarlo de frente la frialdad me recorrió el cuerpo entero, se trataba de aquellos ojos azules como el cielo y aquella cara de ángel, era Betsabé, cuyo cuerpo yacía dentro de ropas sucias, viejas y rotas.
Todo pasó en segundos. Ella miró a su alrededor, y al cerciorarse de que no hubiera testigos sacó una pistola, entonces el sudor me recorrió de la cabeza hasta los pies; apuntó el arma a mi pecho con violencia y dijo: “Tú planeaste secuestrar a aquel hombre por dinero y avaricia, él mandó a matar a su rival político más fuerte, y yo trabajo para quien paga mejor”.
Entonces tiró del gatillo y disparó, nada se escuchó, aquella mujer enmascarada de bondad resultó ser la peor de todas, mentirosa, engañosa, traidora y vendida, aunque he de aceptar que perfecta en esos menesteres, tal como ella misma lo llegó a pregonar.
Mi cuerpo cae y de él se desprende algo que muchos llaman alma, pero no estoy seguro de que lo sea, quizás no sea un encuentro con la muerte sino sólo un mal sueño del cual no logro despertar. Qué más da, lo que más conflicto me causa es no haber cumplido jamás mi sueño: meterme en una escafandra y viajar hasta el ombligo del universo, ahí donde nada malo existe. ¡Maldita suerte la mía!
Perdí por gracia de Betsabé, todo lo perdí por gracia de un ángel sin alas, mi ángel.

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