jueves, 22 de octubre de 2009


Asequible al ser

He aquí la gran oportunidad de manifestar mi aprecio por la noche, aquel escenario enigmático, lleno de oscuridad y misterio, que me invita cada día a la reflexión, al arrepentimiento, a la sorna o a la ratificación de mis actos. Porque cada día me juego la vida sobre un tablero de ajedrez, estoy expuesta a la crítica, al regaño o al elogio; todo depende de la pericia con la que mueva mis fichas, a veces blancas, a veces negras, según se trate de mi lado tierno y amable, o del más tenebroso y sombrío de mi ser.
La noche, noche es, tranquila, silenciosa, nostálgica. Es mi mejor consejera y el único testigo aparente de mis pensamientos más profundos. Por ello, cuando escribo, escribo en la noche, que pasa lenta y meditabunda observando cada una de mis palabras e invitándome a remediar para el día siguiente lo que hice mal en el que finalizó.
En mi vida, cada noche es la oportunidad de jugar porque me hace posible imaginar, soñar, fantasear, reflexionar, recordar, llorar, reír, ir al futuro, regresar, pisar un mundo extraño y regresar una vez más a través del flujo constante de palabras y la creación de historias, unas con sentido, otras no. Cuando coloco el punto final a cada narración, significa que he vuelto, simplemente para verme una vez más pisando territorio de simples mortales imperfectos.
Si quereis conocer mis pensamientos, preguntarle a la noche, porque las noches, lúdicas son.

miércoles, 21 de octubre de 2009


Entre sombras

8 de la noche. La película de terror es magnífica, en verdad logra manejar mis emociones por caminos y veredas que jamás antes imaginé. Me atemoriza y exalta y, encima de todo, en los momentos de mayor gravedad logra que me cubra bajo las cobijas imaginando que una montaña dura y resistente me protege bajo su manto. Estoy sola y tengo miedo.

De pronto olvido el filme, ignoro el motivo, dejo la sala, avanzo unos cuantos pasos y entro en un cuarto tan solo como mi persona, que sólo contempla dentro de sí la permanencia de una mujer: yo. Pongo a funcionar el tocadiscos, la música emana de las bocinas y, entonces, comienzo a bailar; un brazo arriba, otro abajo; una pierna adelante, otra atrás; palmadas, y un movimiento de cabeza que me marea y hace sonreír.

¿Por qué nadie llega? Me cuestiono instantes después. La casa de tres pisos está vacía y despoblada de seres humanos, la oscuridad pretende envolverla para dejar de ella sólo el recuerdo. Miro las fotografías que reposan sobre el librero, son viejas, y albergan un mar de momentos felices; ellas irradian alegría pero también un dejo de cruda nostalgia.

Giro el cuello y mi mirada se clava en la mecedora de madera en forma de caballo, intento subir a ella como cuando niña, pero es imposible, mis piernas son largas, y mi trasero ancho y regordete, ni partida a la mitad cabría en ese diminuto espacio. Sueño, añoro y extraño y, mientras tanto, nadie hace acto de presencia. ¿En dónde estarán? Me pregunto de nuevo.

Dirijo mi andar hacia el patio y me siento en el primer peldaño de la escalera, coloco mis brazos sobre las rodillas desechas por tantas caídas en la infancia. Observo el patio y encuentro ante mis ojos la imagen del lugar donde jugué con mis padres hace años y brinqué el resorte con mi hermana entre plantas de mil colores y bajo un sol ametrallador. Yo soy la niña orejona, de tez blanca y cabello rizado que tenía los seis años de hace cien.

Regreso a mi mundo, a mi presente, como máquina del tiempo retrocedí a los años felices, pero estoy de regreso en la casa de las sombras, del polvo y de las ruinas. ¿Qué pasa? ¿Acaso mi mamá no ha hecho el aseo por meses? Y ni siquiera puedo preguntárselo, pues ninguno de los tres llega.

Pareciera que nuestra casa tiene siglos abandonada, pero yo acabo de estar aquí por la mañana y los cuatro, mi papá, mi mamá, mi hermana menor y yo, desayunamos en la mesa principal tan contentos como nunca. Tras regalar al estómago los primeros alimentos del día, me acerqué al piano y puse mis dedos en movimiento, una tecla, la otra, y una más, todos los sonidos se amalgamaron en una pieza musical única y completa, suave, dulce y tierna, que ellos tarareaban al parejo de manera sincronizada, casi perfecta.

Me dirijo a las habitaciones, el aroma de cada uno sigue impregnado, y es obvio, apenas en la mañana estuvimos ahí. Observo las camas e imagino que todos dormimos sin excepción, protegidos y seguros como si fuéramos intocables, indestructibles, inmortales. Ya es muy tarde y no están aquí, ¿qué les habrá pasado? Cada vez me siento más sola.

Voy de regreso al patio e imagino ver a nuestra mascota, el perro más travieso del mundo moviendo el rabo tras ver y oler una barra de chocolate, la cual de antemano empieza a saborear aun sin tenerla dentro del hocico. Se llama Goliat, pero no es fuerte, ni poderoso, sino sólo un pequeño animal que más parece un llaverito que un confiable guardián; eso sí, siempre muy agradecido y cariñoso.

Me inserto de nueva cuenta en la sala, la película ya va en el minuto 40, me recuesto en el sofá y miro la pantalla. Los sonidos y las imágenes dirigen mi sentir a emociones específicas, tengo miedo, mucho miedo. Creo que la paranoia se ha apoderado de mí y empiezo a predisponerme a lo que pueda suceder. Pero ellos no llegan ¿qué les ha pasado? Es la una de la madrugada y la película continúa, todo es tan raro.

Sigo viendo el filme cuando en la pared del patio vislumbro la sombra de una mano que se mueve de un lado a otro para decirme adiós, mi cuerpo es presa del pánico, de la angustia, del desasosiego. Camino y me asomo fuera de la puerta, miro la pared y luego busco la fuente originaria de la sombra. Soy yo.

Yo no era yo, o más bien yo, mi cuerpo, es un simple recuerdo que vaga por una casa olvidada y desamparada. Pero aquella sombra es mi esencia, diciéndome adiós e invitándome a que mi cuerpo no se aferre más a seguir viviendo una vida que ya no le corresponde. Ahora recuerdo que mis padres, mi hermana, la mascota y yo fallecimos en un accidente automovilístico hace casi un siglo, pero no los encuentro en el más allá, por eso he venido a buscarlos, esperando que ellos también vengan a buscarme.

Todo es lo que alguna vez fue, pero que ahora ya no es realidad. Son las 2 de la mañana.

Efecto de transición por difuminación

De la foto del basurero a la del elegante suburbio.
Son las tres de la tarde, la misma hora de hace veinticinco años y no más. Porque en ese entonces muchos de los de hoy no habían nacido y porque muchos de los de ese entonces hoy no viven para contarlo, la foto funge como vestigio, como prueba irrefutable de lo que fue pero ya no es.

Miro los desechos que muestra la imagen, simplemente no lo creo ¿Acaso mentirá? Me cuestiono incrédula y después me pierdo en un mar de ideas y pensamientos para hacer una transición por difuminación de una fotografía a otra, pero no en una computadora sino en mi mente, de la basura por doquier al nacimiento de los grandes edificios, las excéntricas vialidades y el área verde que da vida a una de las zonas más vanguardistas y costosas de la urbe: Santa Fe.

El sol emite sus rayos de luz con fuerza presentándose como el soberano y único objeto digno de distinción; se muestra altivo y orgulloso de sí mismo, es el señor, el gobernante, el rey de la basura. Su brillo y resplandor hacen lo posible por dar una manita de gato al lugar, y es que sí que necesita una ayuda con urgencia pues hay escombros por aquí, desperdicios por allá y un charco teñido de negro por aquella esquina sobre el que nada un espejo que lucha contra la estrella luminosa para evitar su ya inevitable muerte a causa de las llamas de fuego que vendrán a continuación.

El olor es casi intolerable y ni hablar de las infinitas partículas tóxicas plagadas de suciedad y contaminación que colocan bajo su yugo a las inocentes narices que tienen el infortunio de toparse con ellas en el camino. Pobres de los organismos que han encontrado ahí el sitio ideal para obtener algunos centavos pepenando o llevando la basura proveniente de las colonias aledañas.

Martín Rojas es uno de ellos, protagonista inconfundible de una imagen fotográfica un tanto vieja y percudida de polvo. En ella, las ropas de él están rotas, desgarradas y sucias; es delgado, calvo, y su piel muy morena, tan morena como la que hoy contrasta fuertemente con la calvicie que le han ocasionado sus 80 años, que no son los mismos que sus 55 de ese entonces. Él es uno de los que en ese entonces ya había nacido y que hoy vive para contarlo.

Apartar la vista de la fotografía es requerido, y una vez estando en medio de Santa Fe ver al suburbio convertido en un basurero es un efecto, una consecuencia inmediata de la imaginación; acto seguido, observar el cielo es un hecho ineludible para segundos después bajar la mirada y encontrarse de pronto en medio de los majestuosos edificios, los árboles frondosos y la plaza. Pareciera ser que todo fue efecto, producto y gracia de Manuel Camacho Solís durante su gobierno capitalino, que decidió hacer surgir del vertedero una de las urbes más modernas de la metrópolis.

He ahí los altos edificios que se esfuerzan por acariciar a las nubes sin éxito, son tan altos que parecen monstruos deseosos de aplastar todo cuanto se encuentra a sus pies, son imponentes y hasta arrogantes, pretendiendo llamar una atención magnificada y exagerada. Hacen junto con el cielo la mancuerna perfecta, haciendo creer que se trata de una pintura recién hecha, todavía fresca.

El reloj marca las cuatro de la tarde y un viento álgido se muestra perenne, no se ve pero se siente, abusa del espacio vital que debiera haber entre él y yo, entre los otros y él; sin pedir permiso llega, acaricia, empuja, corta la respiración y se va. Los árboles del estacionamiento de Plaza Santa Fe son los principales testigos del abuso de confianza de ese aire brusco y atrabancado, están ahí estáticos y disfrutando el paisaje, de un horizonte que sin lograrlo quiere semejar a la ciudad ficticia de Metrópolis para ver volar a Clark Kent de un edificio a otro convertido en superman.

“No te quiero porque te necesito, te necesito porque te quiero”, dice un letrero que está en medio de la nada, si acaso entre unos pocos carros estacionados que descansan después de la fatiga y recobran fuerzas para volver a las andadas; es un anuncio donde una mujer te mira con firmeza para sólo dejar en claro que ella es “totalmente palacio” y nada más.

-¡Ya vamos a entrar!, quiero comprobar si aquí hay un Hugo Boss, -dice Gerardo Sánchez de 22 años a quien se le ve reticente y escéptico de que la plaza verdaderamente sea un centro comercial digno de una zona que se concibe como de primer mundo. Mientras tanto, camina a pasos largos y veloces, sólo desea comprobar si el lugar como ladra muerde o si como ronca duerme, qué se yo.

-¡Ay Gerardo! Tú sólo viniste a criticar y a exhibir tus cualidades de niño fresa que vive en Ciudad Neza, -le respondió Mariana con tono burlesco y sarcástico, quien hace lo posible por caminar tan rápido como él para alcanzarlo, pero es imposible, entonces debe correr.

Dejan atrás al difunto basurero vestido de gala que fue enterrado en la década de 1980 en el sector poniente de la Ciudad de México durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994); aquel lugar que en menos de una década comenzó a ser poblado por corporativos de empresas transnacionales y mexicanas que encontraron ahí una oportunidad para inscribirse en el mundo de los negocios. Era la reencarnación misma del cadáver, con apariencia elegante y ostentosa.

De pronto aparece ante la vista Plaza Santa Fe, uno de los centros comerciales más exclusivos de la Ciudad de México, el que se supone es el proyecto más grande e integrado de Latinoamérica. Adentro todo es algo más de lo mismo, nada tiene de novedoso, aunque “el ambiente navideño ya se deja sentir”, comenta una señora que caminaba tomada de la mano de su esposo a lo largo del primer piso.

Esferas, luces y estrellas se unen para formar adornos navideños que yacen colgados en el techo; la escarcha no podía falta vísperas a las fiestas decembrinas. La planta baja y dos pisos conforman la plaza que, por cierto, es lujosa y de infraestructura alargada. Un vestido azul de noche de Carlo Gionavi se encuentra en un aparador, es fácil pensar que una mujer sobre la que caigan esos tirantes dorados se vería espléndida y entonces uno se la imagina; cada aparador como éste da la bienvenida.

La cafetería está abajo, y desde lo alto puede ser observada; en ella hay sombrillas de color café y anaranjado que nada tienen de funcionales, salvo delimitar cada espacio y generar el hambre en quienes se pasean por los alrededores. Cada mesa carga los cubiertos de forma impecable, aunque de nada vale pues el lugar está casi desierto, ni una mosca se decide a honrarlo con su presencia.

“Mira el árbol mamá, mira el árbol”, dice una niña a su mamá. Ahí está el árbol navideño de Ferrero Rocher, es dorado por obviedad, altísimo e imponente ante los ojos de quienes lo contemplan. En la parte superior presume una estrella, mientras que en el resto enseña orgulloso los cascabeles, espirales, esferas y luces que lo adornan; por cierto, éstas últimas iluminan por tramos, primero abajo, luego en medio, más tarde arriba y, de pronto, todo se ilumina mágicamente. A sus pies hay regalos y unas palmeras artificiales que desencajan del escenario.

Los tapetes Bensire no podían faltar, la entrada del negocio parece castillo de tiempos lejanos y las alfombras multicolores hacen creer que Aladino emprenderá el viaje sobre una de ellas de la mano de Jasmine; lo único que falta es la lámpara maravillosa.

Árboles navideños de todo tipo y tamaño hay por todos lados, aquí están los verdes y por allá los blancos, pero no está nevando, sólo es ficción, mentira, algo artificial. Mientras tanto, las tiendas de ropa esperan a sus víctimas para hacerlas desfallecer ante un suéter, unos jeans, una blusa o un vestido.

En los aparadores hay maniquíes que desean cobrar vida; uno habla por teléfono mostrando su vestimenta, otro platica en la calle para enseñar sus zapatos y otro más se encuentra sentado sobre su cama para hacer notar y lucir tanto su maquillaje como su peinado. Son mujeres escenificadas por muñecos que venden la idea de que verse bien es lo más importante.

Las hadas, la bisutería, los dulces y todo tipo de obsequios no podían faltar en un día de recorrido comercial. Un grandísimo anuncio donde diversos rostros muestran lentes llama la atención, mas cabe recordar que de nada sirven en ese momento las gafas azules, verdes, negras o moradas pues al sol no se le ha permitido la entrada.

“ !Mira qué lindo trenecito! ”, dice una joven a su novio señalando lo navideño. Una vez más ahí están los muñecos de nieve, los Santa Claus y los renos, queriendo saludar y sonreír pero sin lograrlo concretamente; por su parte el tren se mueve alrededor de una gran montaña blanca, ahí van todos los regalos que se repartirán la noche de navidad.

Del otro lado están los elfos, “!qué feos!”, comenta una joven acompañada de un rostro lleno de terror. Por el otro los juegos, las maquinitas y el casino hacen su aparición con enigma, aguardando a los jugadores en medio de una oscuridad que contrasta fuertemente con luces de múltiples colores. ¡Al fin! Hugo Boss sí existe en este lugar, desde aquí se puede ver. Y si lo que se tiene es hambre y prisa, está Burger King, Kentucky Fried Chicken, Pizza Hut y El Globo, entre muchas otras opciones.

He ahí Plaza Santa Fe, un centro comercial entre torres de oficinas y departamentos, algunos de ellos hasta de más de 45 pisos, y todos en sí mostrando una arquitectura de vanguardia.

Comparo dos fotos, una del pasado y otra del presente. ¡Qué buen efecto de transición por difuminación hecho en mi mente con sólo ver dos imágenes. Las veo y lo imagino una vez más: la transformación, la metamorfosis del basurero al elegante suburbio.

Un paraíso de infierno

No veo, no escucho, no huelo, no saboreo, no siento nada; de los cinco sentidos, todos me han sido vetados. La única imagen guardada en mi mente y que me carcome hasta lo más profundo de mis entrañas fue de mí mismo deshecho y dividido en uno y mil pedazos.

¿Quién fui? Ni yo lo sé. Por ahora recuerdo muy poco, dentro de ello un nutrido convoy de gente herida, muerta e infortunada, del cual dicen formé parte. Hoy, estoy en lo que mis compañeros de desgracia y otros tantos que conocí aquí llaman el paraíso divino de los dolientes.

¡Mentira! Eso es una vil falacia. El único edén sobre el que alguna vez estuve parado fue aquél que me permitía mirar un cielo nublado, enjugar el llanto con tristeza y melancolía, sentir el viento rozar cada milímetro de mi rostro, oler el aroma de la tierra húmeda, saborear un delicioso manjar y escuchar el canto de los pájaros que habitan en los árboles verdes, sí, como el verde del pasto y de la naturaleza misma, de aquella representante de la vida, de una vida que ya no tengo.

Cuando me vi tras la atroz escena en la que dicen estuve inmiscuido, parecía que había sido destazado con saña, pero no, quienes dicen recordar el suceso sostienen una invasión del enemigo sobre nuestro campamento. Una bomba cayó sobre nosotros como un pájaro que vuela y de pronto cae muerto sobre suelo firme ¿El resultado? Una mano aquí, otra allá; un pie a la vista, otro extraviado; tres cráneos junto al matorral, pero del mío ni sus luces.

En pleno terreno baldío, extremidades yacían desperdigadas por todos lados. De pronto, me repuse, desperté y puse de pie, entonces me di cuenta que yo no era yo. Mi cuerpo quedó hecho añicos, trozos, como si de piezas de rompecabezas se tratara. Ni rastro había de lo que, supongo, un día llegué a ser. Tan sólo se trataba de mi pura esencia, libre de la envoltura carnal, de lo palpable, tangible y material que representaba el organismo humano.

En instantes me encontraba en un jardín ceñido de flores multicolores y un muro de color azul cielo con nubes que parecía llegar hasta el infinito, de muchísimos kilómetros de altura y somero remate de éxtasis y delicia. Pero ese no era mi edén, el verdadero fue aquél poseedor de los olores más nefastos, las peores imágenes, sabores desagradables y sonidos estruendosos. Sí, esos que me hacían sentir vivo. En este momento no soy nada, sino sólo un alma que vaga con dolor en medio del edén de otros.

Perdí por gracia de Betsabé

La reunión de esa noche había sido algo insólito, impredecible, repugnante. Ni siquiera al ver en la pared el reflejo de mi silueta sentada en una silla, con los codos recargados sobre la mesa y maniobrando para dejar en claro el plan a mi cómplice, me percaté de la gravedad de lo que hacía.

Ella, mi secuaz más importante, era la más bella de todas las mujeres y, hasta el momento, se mostraba envuelta por un aparente sentimiento de fidelidad interminable hacia mi persona. Era alta, delgada y de cabello lacio y negro como el azabache que terminaba al ras de su diminuta cintura; sus curvas voluptuosas parecían un rico caudal que extasiaba lo más hondo de mi ser, y su mirada daba la apariencia de ser un mar tan real que lograba hacer que me perdiera en lo más profundo sin saber quién era yo.

Sus ojos se cruzaban con los míos de forma segura y decidida, convencida de la magnitud del problema en el que se inmiscuía; yo únicamente deseaba tener más poder, aquél que sólo se puede obtener mediante el dinero, y para ello no me importaba hacer lo que fuera, incluso, organizar un secuestro.

Como hombre y funcionario público he presenciado la corrupción, la avaricia, el afán de engaño y la amistad enmascarada que yacen en las entrañas de quienes están dentro de la esfera política, aunque por mi mente jamás pasó la remota idea de estrenarme en dichos menesteres.

De pronto, sin saber cómo llegué tan lejos, me encontraba finiquitando los últimos detalles con Betsabé, aquella mujer encantadora, de ojos azules como el cielo y cara de ángel, pero experta para mentir, preparar coartadas fulminantes y mancharse las manos de ser necesario, todo fuera por el dinero, no la culpo, somos tal para cual. Eso sí, siempre creí que conmigo la cosa era indiferente, llegué a pensar que estábamos sometidos a una lealtad mutua con la que nos iríamos a la tumba y al más allá.

Siendo ella mi mano derecha, traería consigo a su gente, dos o tres hombres que le ayudarían a hacer el trabajo sucio, al fin que yo les pagaría extraordinariamente bien. Se trataba de secuestrar a un matrimonio que disfrutaba de los albores de la juventud, integrado nada menos que por un colega mío y su bella esposa; él era mi principal contrincante para la próxima contienda política en el gobierno estatal, cosa importante para mí, más no fundamental, que conste.

Mi plan no tenía miras a sacarlo de la jugada, era algo mejor: siendo él hijo de uno de los hombres más ricos del país, yo podría pedir una suma infinita por su rescate y el de su mujer; una vez pagada la cantidad los dejaría libres, formaría una gloriosa e inmensa fortuna y saldría del país para darme una muy buena vida, más valía eso que adentrarme en una lucha política donde el futuro es incierto, bien podría triunfar él o yo, todo era posible.

Momentos antes del fatídico suceso, los sondeos y las encuestas dieron a conocer una cuantiosa diferencia en la preferencia de los votantes para las próximas elecciones, mi ventaja era muy amplia, y mi triunfo casi seguro; aun así nada era garantía, más valía llevar a cabo un secuestro que no tendría falla alguna por lo perfecto de su planeación.

La hora llegó. Betsabé y sus ayudantes se encargarían de todo, yo no intervendría en la operación para evitar que me relacionaran con el hecho.

El hombre y la mujer víctimas del plan cenarían en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad, y al salir serían emboscados; mientras tanto, yo estaría en un hotel lejano entrevistándome con un político extranjero, y la peligrosa mujer con cara de ángel se haría cargo del resto, pues nos volveríamos a ver hasta una vez terminado el asunto para repartir el dinero del rescate, lo cual tardaría tanto tiempo como fuera necesario en aras de no incurrir en ningún riesgo y realizar un buen negocio con los familiares. Yo vigilaría todo, pero a lo lejos, claro está.

Las horas transcurrieron lentamente durante mi permanencia en el hotel, al parecer todo había salido tal y como se pensó, de lo contrario ya algo se hubiera sabido.

Tras beber la última copa salí, la noche daba miedo por la soledad que en ella reinaba y por su parecido a aquellas películas de terror donde en medio de la oscuridad un aire mortal te espera impaciente para acariciar tu piel y, de paso, eliminarte de este mundo.

Después de pasar en frente del parquímetro e intentar abrir la puerta del coche, un vagabundo se me acercó cautelosamente, al mirarlo de frente la frialdad me recorrió el cuerpo entero, se trataba de aquellos ojos azules como el cielo y aquella cara de ángel, era Betsabé, cuyo cuerpo yacía dentro de ropas sucias, viejas y rotas.

Todo pasó en segundos. Ella miró a su alrededor, y al cerciorarse de que no hubiera testigos sacó una pistola, entonces el sudor me recorrió de la cabeza hasta los pies; apuntó el arma a mi pecho con violencia y dijo: “Tú planeaste secuestrar a aquel hombre por dinero y avaricia, él mandó a matar a su rival político más fuerte, y yo trabajo para quien paga mejor”.

Entonces tiró del gatillo y disparó, nada se escuchó, aquella mujer enmascarada de bondad resultó ser la peor de todas, mentirosa, engañosa, traidora y vendida, aunque he de aceptar que perfecta en esos menesteres, tal como ella misma lo llegó a pregonar.

Mi cuerpo cae y de él se desprende algo que muchos llaman alma, pero no estoy seguro de que lo sea, quizás no sea un encuentro con la muerte sino sólo un mal sueño del cual no logro despertar. Qué más da, lo que más conflicto me causa es no haber cumplido jamás mi sueño: meterme en una escafandra y viajar hasta el ombligo del universo, ahí donde nada malo existe. ¡Maldita suerte la mía!

Perdí por gracia de Betsabé, todo lo perdí por gracia de un ángel sin alas, mi ángel.

martes, 20 de octubre de 2009


Mi recámara, donde las hadas cobran vida

En él siempre es de noche, el amanecer jamás avisa su arribo. Su oscuridad estremece por tratarse del sitio más recóndito, pero basta con poner un pie dentro para percatarse de que se pisa terreno de hadas, sueños y misterios. Su área es pequeña, y para quienes no saben soñar, simplemente les resulta asfixiante, un cuarto frío entre paredes y sombras.

A la izquierda de donde debiera estar una puerta están apiladas una y mil historias: La familia vino del norte, Un mundo feliz, Clemencia, Cien años de soledad, y demás cientos de libros percudidos de polvo, aunque no de olvido ni desdén. Encima, sobre una repisa, Don Quijote de la Mancha hecho de papel maché se levanta de manera imponente sujetando un libro con la mano izquierda, e intentando demostrar, sin lograrlo, que durante la noche, cuando todos duermen, se pasea feliz entre el librero buscando historias para sugerir otras tantas a su creador.

En el techo yace un foco, aparentemente solitario en medio de la nada y exactamente debajo de él una litera se levanta, la cama de arriba muestra una imagen que depende del ánimo de quien la habita, algunas veces arreglada con extrema preocupación y, otras tantas, desaliñada hasta más no poder; y la cama de abajo, esa, esa, es cosa aparte.

Un escritorio descansa en el fondo, pues sobre sí sólo lleva el peso de una computadora, en cuyo monitor se ve reflejada la silueta de quien escribe sobre su teclado, sí, de aquella mujer de ilusiones y sueños locos. Osos de peluche y flores de plástico reposan bien acomodados en el lugar que les corresponde, principalmente en una repisa, haciendo notar que los recuerdos, las amistades y los viejos amores jamás se olvidan.

En el armario viejo, una blusa aquí, otra allá, y los pantalones revueltos como si se tratara de una mezcla de colores y sabores. ¿Y los zapatos? Pues quién sabe, uno está debajo de la silla, pero del otro ni idea, se desconoce por completo su paradero. ¿Y las chamarras? La morada está envuelta en las sábanas de la cama, y la azul se esconde debajo de las almohadas.

Para muchos el lugar es un verdadero desastre, y en realidad eso es. Sin embargo, al entrar a él por las noches, después de un día tedioso, donde la monotonía y el cansancio se hacen presentes de manera continua, algunos se ven envueltos por la magia que hace creer que se encuentran en el lugar más seguro sobre la faz de la tierra.

De la nada frotan briznas de ideas, como si de luciérnagas se tratara, que hacen sentir descanso, confortabilidad y regocijo tras un mal día. De pronto, lo único que se desea es encontrar la almohada y las sábanas de la cama, sí, de aquélla que está en las alturas y que casi llega al cielo. Entonces, desaparece la poca luz artificial proporcionada por el foco solitario, y frente al cuerpo recostado aparecen una y mil estrellas fluorescentes que llevan por un viaje a través del cosmos de los sueños y las ilusiones.

La mente comienza a volar, y la imaginación a hacerse cada vez más fuerte, teniendo como principales testigos a la noche y con ella a la oscuridad. El universo está allí, en frente, y alrededor sólo hay nada, pues nada aparece ante la vista.

Los cuentos de hadas donde soy la principal protagonista comienzan a desarrollarse, el príncipe azul aparece, las metas se cumplen y cada sueño anhelado se va convirtiendo en realidad. Y si voy al pasado veo, siento, miro y toco a los que no he tenido cerca durante años, donde su ausencia ha sido su único reflejo.

El viaje comienza, y en un recorrido a través del espacio y del tiempo se va dando poco a poco, partiendo de una de las estrellas que yacen en el cielo. Voy al pasado, al presente y luego al futuro para regresar una vez más.

Por ello mismo, quien entra a esta recámara puede hacerlo sin ningún problema, pero no se perdona, bajo ningún concepto, que no sepa volar.

Para quien no sepa volar, ni soñar, ni viajar, seguirá siendo la misma recámara desordenada de siempre, pero bueno, quizás esa sea la visión loca de su pobre soñadora.