De la foto del basurero a la del elegante suburbio.
Son las tres de la tarde, la misma hora de hace veinticinco años y no más. Porque en ese entonces muchos de los de hoy no habían nacido y porque muchos de los de ese entonces hoy no viven para contarlo, la foto funge como vestigio, como prueba irrefutable de lo que fue pero ya no es.
Miro los desechos que muestra la imagen, simplemente no lo creo ¿Acaso mentirá? Me cuestiono incrédula y después me pierdo en un mar de ideas y pensamientos para hacer una transición por difuminación de una fotografía a otra, pero no en una computadora sino en mi mente, de la basura por doquier al nacimiento de los grandes edificios, las excéntricas vialidades y el área verde que da vida a una de las zonas más vanguardistas y costosas de la urbe: Santa Fe.
El sol emite sus rayos de luz con fuerza presentándose como el soberano y único objeto digno de distinción; se muestra altivo y orgulloso de sí mismo, es el señor, el gobernante, el rey de la basura. Su brillo y resplandor hacen lo posible por dar una manita de gato al lugar, y es que sí que necesita una ayuda con urgencia pues hay escombros por aquí, desperdicios por allá y un charco teñido de negro por aquella esquina sobre el que nada un espejo que lucha contra la estrella luminosa para evitar su ya inevitable muerte a causa de las llamas de fuego que vendrán a continuación.
El olor es casi intolerable y ni hablar de las infinitas partículas tóxicas plagadas de suciedad y contaminación que colocan bajo su yugo a las inocentes narices que tienen el infortunio de toparse con ellas en el camino. Pobres de los organismos que han encontrado ahí el sitio ideal para obtener algunos centavos pepenando o llevando la basura proveniente de las colonias aledañas.
Martín Rojas es uno de ellos, protagonista inconfundible de una imagen fotográfica un tanto vieja y percudida de polvo. En ella, las ropas de él están rotas, desgarradas y sucias; es delgado, calvo, y su piel muy morena, tan morena como la que hoy contrasta fuertemente con la calvicie que le han ocasionado sus 80 años, que no son los mismos que sus 55 de ese entonces. Él es uno de los que en ese entonces ya había nacido y que hoy vive para contarlo.
Apartar la vista de la fotografía es requerido, y una vez estando en medio de Santa Fe ver al suburbio convertido en un basurero es un efecto, una consecuencia inmediata de la imaginación; acto seguido, observar el cielo es un hecho ineludible para segundos después bajar la mirada y encontrarse de pronto en medio de los majestuosos edificios, los árboles frondosos y la plaza. Pareciera ser que todo fue efecto, producto y gracia de Manuel Camacho Solís durante su gobierno capitalino, que decidió hacer surgir del vertedero una de las urbes más modernas de la metrópolis.
He ahí los altos edificios que se esfuerzan por acariciar a las nubes sin éxito, son tan altos que parecen monstruos deseosos de aplastar todo cuanto se encuentra a sus pies, son imponentes y hasta arrogantes, pretendiendo llamar una atención magnificada y exagerada. Hacen junto con el cielo la mancuerna perfecta, haciendo creer que se trata de una pintura recién hecha, todavía fresca.
El reloj marca las cuatro de la tarde y un viento álgido se muestra perenne, no se ve pero se siente, abusa del espacio vital que debiera haber entre él y yo, entre los otros y él; sin pedir permiso llega, acaricia, empuja, corta la respiración y se va. Los árboles del estacionamiento de Plaza Santa Fe son los principales testigos del abuso de confianza de ese aire brusco y atrabancado, están ahí estáticos y disfrutando el paisaje, de un horizonte que sin lograrlo quiere semejar a la ciudad ficticia de Metrópolis para ver volar a Clark Kent de un edificio a otro convertido en superman.
“No te quiero porque te necesito, te necesito porque te quiero”, dice un letrero que está en medio de la nada, si acaso entre unos pocos carros estacionados que descansan después de la fatiga y recobran fuerzas para volver a las andadas; es un anuncio donde una mujer te mira con firmeza para sólo dejar en claro que ella es “totalmente palacio” y nada más.
-¡Ya vamos a entrar!, quiero comprobar si aquí hay un Hugo Boss, -dice Gerardo Sánchez de 22 años a quien se le ve reticente y escéptico de que la plaza verdaderamente sea un centro comercial digno de una zona que se concibe como de primer mundo. Mientras tanto, camina a pasos largos y veloces, sólo desea comprobar si el lugar como ladra muerde o si como ronca duerme, qué se yo.
-¡Ay Gerardo! Tú sólo viniste a criticar y a exhibir tus cualidades de niño fresa que vive en Ciudad Neza, -le respondió Mariana con tono burlesco y sarcástico, quien hace lo posible por caminar tan rápido como él para alcanzarlo, pero es imposible, entonces debe correr.
Dejan atrás al difunto basurero vestido de gala que fue enterrado en la década de 1980 en el sector poniente de la Ciudad de México durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994); aquel lugar que en menos de una década comenzó a ser poblado por corporativos de empresas transnacionales y mexicanas que encontraron ahí una oportunidad para inscribirse en el mundo de los negocios. Era la reencarnación misma del cadáver, con apariencia elegante y ostentosa.
De pronto aparece ante la vista Plaza Santa Fe, uno de los centros comerciales más exclusivos de la Ciudad de México, el que se supone es el proyecto más grande e integrado de Latinoamérica. Adentro todo es algo más de lo mismo, nada tiene de novedoso, aunque “el ambiente navideño ya se deja sentir”, comenta una señora que caminaba tomada de la mano de su esposo a lo largo del primer piso.
Esferas, luces y estrellas se unen para formar adornos navideños que yacen colgados en el techo; la escarcha no podía falta vísperas a las fiestas decembrinas. La planta baja y dos pisos conforman la plaza que, por cierto, es lujosa y de infraestructura alargada. Un vestido azul de noche de Carlo Gionavi se encuentra en un aparador, es fácil pensar que una mujer sobre la que caigan esos tirantes dorados se vería espléndida y entonces uno se la imagina; cada aparador como éste da la bienvenida.
La cafetería está abajo, y desde lo alto puede ser observada; en ella hay sombrillas de color café y anaranjado que nada tienen de funcionales, salvo delimitar cada espacio y generar el hambre en quienes se pasean por los alrededores. Cada mesa carga los cubiertos de forma impecable, aunque de nada vale pues el lugar está casi desierto, ni una mosca se decide a honrarlo con su presencia.
“Mira el árbol mamá, mira el árbol”, dice una niña a su mamá. Ahí está el árbol navideño de Ferrero Rocher, es dorado por obviedad, altísimo e imponente ante los ojos de quienes lo contemplan. En la parte superior presume una estrella, mientras que en el resto enseña orgulloso los cascabeles, espirales, esferas y luces que lo adornan; por cierto, éstas últimas iluminan por tramos, primero abajo, luego en medio, más tarde arriba y, de pronto, todo se ilumina mágicamente. A sus pies hay regalos y unas palmeras artificiales que desencajan del escenario.
Los tapetes Bensire no podían faltar, la entrada del negocio parece castillo de tiempos lejanos y las alfombras multicolores hacen creer que Aladino emprenderá el viaje sobre una de ellas de la mano de Jasmine; lo único que falta es la lámpara maravillosa.
Árboles navideños de todo tipo y tamaño hay por todos lados, aquí están los verdes y por allá los blancos, pero no está nevando, sólo es ficción, mentira, algo artificial. Mientras tanto, las tiendas de ropa esperan a sus víctimas para hacerlas desfallecer ante un suéter, unos jeans, una blusa o un vestido.
En los aparadores hay maniquíes que desean cobrar vida; uno habla por teléfono mostrando su vestimenta, otro platica en la calle para enseñar sus zapatos y otro más se encuentra sentado sobre su cama para hacer notar y lucir tanto su maquillaje como su peinado. Son mujeres escenificadas por muñecos que venden la idea de que verse bien es lo más importante.
Las hadas, la bisutería, los dulces y todo tipo de obsequios no podían faltar en un día de recorrido comercial. Un grandísimo anuncio donde diversos rostros muestran lentes llama la atención, mas cabe recordar que de nada sirven en ese momento las gafas azules, verdes, negras o moradas pues al sol no se le ha permitido la entrada.
“ !Mira qué lindo trenecito! ”, dice una joven a su novio señalando lo navideño. Una vez más ahí están los muñecos de nieve, los Santa Claus y los renos, queriendo saludar y sonreír pero sin lograrlo concretamente; por su parte el tren se mueve alrededor de una gran montaña blanca, ahí van todos los regalos que se repartirán la noche de navidad.
Del otro lado están los elfos, “!qué feos!”, comenta una joven acompañada de un rostro lleno de terror. Por el otro los juegos, las maquinitas y el casino hacen su aparición con enigma, aguardando a los jugadores en medio de una oscuridad que contrasta fuertemente con luces de múltiples colores. ¡Al fin! Hugo Boss sí existe en este lugar, desde aquí se puede ver. Y si lo que se tiene es hambre y prisa, está Burger King, Kentucky Fried Chicken, Pizza Hut y El Globo, entre muchas otras opciones.
He ahí Plaza Santa Fe, un centro comercial entre torres de oficinas y departamentos, algunos de ellos hasta de más de 45 pisos, y todos en sí mostrando una arquitectura de vanguardia.
Comparo dos fotos, una del pasado y otra del presente. ¡Qué buen efecto de transición por difuminación hecho en mi mente con sólo ver dos imágenes. Las veo y lo imagino una vez más: la transformación, la metamorfosis del basurero al elegante suburbio.