martes, 23 de marzo de 2010

BUENOS MODALES


El plato fuerte está servido. Me dispongo a degustar el filete de pescado empanizado que yace sobre el plato de porcelana y, de pronto, los recuerdos se agolpan en mi mente. Los buenos modales enseñados cuando era niña llegan uno a uno, sin miramientos ni permisos, como si me quisieran advertir que durante mi proceso de crecimiento los fui olvidando en el caudal infinito de la vulgaridad, de la acción soez y procaz, de aquélla que sólo emana de los desventurados sin educación, o de los engreídos insolentes.


¡Sonríe!, ¡saluda!, ¡agradece!, ¡pide las cosas por favor!, ¡no hables a la hora de comer!, eran las frases imperativas de rutina, esas que cargan sobre sí aires de mandato y exigencia, que intentan someter a sus siervos a la obediencia constante. Mientras tanto, intento cortar el filete ya frío por el tiempo transcurrido de mi ser en el recinto de los recuerdos, mas miro los cubiertos, cada uno ocupando su lugar, dispuestos a llevar a cabo la acción que les compete; los observo detalladamente y me percato de que olvidé la función específica de éste, de aquél, de todos.


Los modales refinados para comportarse se quedaron perdidos en la nada, en el mar del olvido, en ese que ostenta una arrogante majestuosidad y un peligro enmascarado de belleza y tranquilidad. Un mar como yo, como la niña de hace 22 años, como la mujer del presente y como la anciana del futuro que ocasionalmente se ve forzada a esconder su verdadera esencia portando la careta de lo cortés, fino y elegante, aunque no siempre le resulta; pero las normas y convenciones sociales eso son, fueron creadas para ser impuestas sin el permiso de sus víctimas, llegaron y lo hicieron para quedarse.


Tras la meditación sobre los buenos modales, que pareció larga pero que en realidad no lo fue, corto el filete y un trozo me lo llevo a la boca…!le falta sal!...entonces pido a mi compañero de mesa, de la manera más atenta, haga el favor de pasarme el salero que tiene tan cercano a su mano derecha como el servilletero a la mía. Una vez terminado el trance, gracias digo yo.


Miro mi reflejo en el vidrio, me observo y me percato de que no soy quien aparento ser, recordé y llevé a la práctica las viejas enseñanzas de las que una y otra vez me lamenté; sin embargo, también noto que estoy satisfecha por mi buena conducta ante los demás. Entonces, clavo la vista en el vacío y le sonrío a la nada, aprobando un comportamiento con el que nunca antes coincidí. La gente es como es, y creo que así soy, con todo y mis contradicciones.

jueves, 22 de octubre de 2009


Asequible al ser

He aquí la gran oportunidad de manifestar mi aprecio por la noche, aquel escenario enigmático, lleno de oscuridad y misterio, que me invita cada día a la reflexión, al arrepentimiento, a la sorna o a la ratificación de mis actos. Porque cada día me juego la vida sobre un tablero de ajedrez, estoy expuesta a la crítica, al regaño o al elogio; todo depende de la pericia con la que mueva mis fichas, a veces blancas, a veces negras, según se trate de mi lado tierno y amable, o del más tenebroso y sombrío de mi ser.
La noche, noche es, tranquila, silenciosa, nostálgica. Es mi mejor consejera y el único testigo aparente de mis pensamientos más profundos. Por ello, cuando escribo, escribo en la noche, que pasa lenta y meditabunda observando cada una de mis palabras e invitándome a remediar para el día siguiente lo que hice mal en el que finalizó.
En mi vida, cada noche es la oportunidad de jugar porque me hace posible imaginar, soñar, fantasear, reflexionar, recordar, llorar, reír, ir al futuro, regresar, pisar un mundo extraño y regresar una vez más a través del flujo constante de palabras y la creación de historias, unas con sentido, otras no. Cuando coloco el punto final a cada narración, significa que he vuelto, simplemente para verme una vez más pisando territorio de simples mortales imperfectos.
Si quereis conocer mis pensamientos, preguntarle a la noche, porque las noches, lúdicas son.

miércoles, 21 de octubre de 2009


Entre sombras

8 de la noche. La película de terror es magnífica, en verdad logra manejar mis emociones por caminos y veredas que jamás antes imaginé. Me atemoriza y exalta y, encima de todo, en los momentos de mayor gravedad logra que me cubra bajo las cobijas imaginando que una montaña dura y resistente me protege bajo su manto. Estoy sola y tengo miedo.

De pronto olvido el filme, ignoro el motivo, dejo la sala, avanzo unos cuantos pasos y entro en un cuarto tan solo como mi persona, que sólo contempla dentro de sí la permanencia de una mujer: yo. Pongo a funcionar el tocadiscos, la música emana de las bocinas y, entonces, comienzo a bailar; un brazo arriba, otro abajo; una pierna adelante, otra atrás; palmadas, y un movimiento de cabeza que me marea y hace sonreír.

¿Por qué nadie llega? Me cuestiono instantes después. La casa de tres pisos está vacía y despoblada de seres humanos, la oscuridad pretende envolverla para dejar de ella sólo el recuerdo. Miro las fotografías que reposan sobre el librero, son viejas, y albergan un mar de momentos felices; ellas irradian alegría pero también un dejo de cruda nostalgia.

Giro el cuello y mi mirada se clava en la mecedora de madera en forma de caballo, intento subir a ella como cuando niña, pero es imposible, mis piernas son largas, y mi trasero ancho y regordete, ni partida a la mitad cabría en ese diminuto espacio. Sueño, añoro y extraño y, mientras tanto, nadie hace acto de presencia. ¿En dónde estarán? Me pregunto de nuevo.

Dirijo mi andar hacia el patio y me siento en el primer peldaño de la escalera, coloco mis brazos sobre las rodillas desechas por tantas caídas en la infancia. Observo el patio y encuentro ante mis ojos la imagen del lugar donde jugué con mis padres hace años y brinqué el resorte con mi hermana entre plantas de mil colores y bajo un sol ametrallador. Yo soy la niña orejona, de tez blanca y cabello rizado que tenía los seis años de hace cien.

Regreso a mi mundo, a mi presente, como máquina del tiempo retrocedí a los años felices, pero estoy de regreso en la casa de las sombras, del polvo y de las ruinas. ¿Qué pasa? ¿Acaso mi mamá no ha hecho el aseo por meses? Y ni siquiera puedo preguntárselo, pues ninguno de los tres llega.

Pareciera que nuestra casa tiene siglos abandonada, pero yo acabo de estar aquí por la mañana y los cuatro, mi papá, mi mamá, mi hermana menor y yo, desayunamos en la mesa principal tan contentos como nunca. Tras regalar al estómago los primeros alimentos del día, me acerqué al piano y puse mis dedos en movimiento, una tecla, la otra, y una más, todos los sonidos se amalgamaron en una pieza musical única y completa, suave, dulce y tierna, que ellos tarareaban al parejo de manera sincronizada, casi perfecta.

Me dirijo a las habitaciones, el aroma de cada uno sigue impregnado, y es obvio, apenas en la mañana estuvimos ahí. Observo las camas e imagino que todos dormimos sin excepción, protegidos y seguros como si fuéramos intocables, indestructibles, inmortales. Ya es muy tarde y no están aquí, ¿qué les habrá pasado? Cada vez me siento más sola.

Voy de regreso al patio e imagino ver a nuestra mascota, el perro más travieso del mundo moviendo el rabo tras ver y oler una barra de chocolate, la cual de antemano empieza a saborear aun sin tenerla dentro del hocico. Se llama Goliat, pero no es fuerte, ni poderoso, sino sólo un pequeño animal que más parece un llaverito que un confiable guardián; eso sí, siempre muy agradecido y cariñoso.

Me inserto de nueva cuenta en la sala, la película ya va en el minuto 40, me recuesto en el sofá y miro la pantalla. Los sonidos y las imágenes dirigen mi sentir a emociones específicas, tengo miedo, mucho miedo. Creo que la paranoia se ha apoderado de mí y empiezo a predisponerme a lo que pueda suceder. Pero ellos no llegan ¿qué les ha pasado? Es la una de la madrugada y la película continúa, todo es tan raro.

Sigo viendo el filme cuando en la pared del patio vislumbro la sombra de una mano que se mueve de un lado a otro para decirme adiós, mi cuerpo es presa del pánico, de la angustia, del desasosiego. Camino y me asomo fuera de la puerta, miro la pared y luego busco la fuente originaria de la sombra. Soy yo.

Yo no era yo, o más bien yo, mi cuerpo, es un simple recuerdo que vaga por una casa olvidada y desamparada. Pero aquella sombra es mi esencia, diciéndome adiós e invitándome a que mi cuerpo no se aferre más a seguir viviendo una vida que ya no le corresponde. Ahora recuerdo que mis padres, mi hermana, la mascota y yo fallecimos en un accidente automovilístico hace casi un siglo, pero no los encuentro en el más allá, por eso he venido a buscarlos, esperando que ellos también vengan a buscarme.

Todo es lo que alguna vez fue, pero que ahora ya no es realidad. Son las 2 de la mañana.

Efecto de transición por difuminación

De la foto del basurero a la del elegante suburbio.
Son las tres de la tarde, la misma hora de hace veinticinco años y no más. Porque en ese entonces muchos de los de hoy no habían nacido y porque muchos de los de ese entonces hoy no viven para contarlo, la foto funge como vestigio, como prueba irrefutable de lo que fue pero ya no es.

Miro los desechos que muestra la imagen, simplemente no lo creo ¿Acaso mentirá? Me cuestiono incrédula y después me pierdo en un mar de ideas y pensamientos para hacer una transición por difuminación de una fotografía a otra, pero no en una computadora sino en mi mente, de la basura por doquier al nacimiento de los grandes edificios, las excéntricas vialidades y el área verde que da vida a una de las zonas más vanguardistas y costosas de la urbe: Santa Fe.

El sol emite sus rayos de luz con fuerza presentándose como el soberano y único objeto digno de distinción; se muestra altivo y orgulloso de sí mismo, es el señor, el gobernante, el rey de la basura. Su brillo y resplandor hacen lo posible por dar una manita de gato al lugar, y es que sí que necesita una ayuda con urgencia pues hay escombros por aquí, desperdicios por allá y un charco teñido de negro por aquella esquina sobre el que nada un espejo que lucha contra la estrella luminosa para evitar su ya inevitable muerte a causa de las llamas de fuego que vendrán a continuación.

El olor es casi intolerable y ni hablar de las infinitas partículas tóxicas plagadas de suciedad y contaminación que colocan bajo su yugo a las inocentes narices que tienen el infortunio de toparse con ellas en el camino. Pobres de los organismos que han encontrado ahí el sitio ideal para obtener algunos centavos pepenando o llevando la basura proveniente de las colonias aledañas.

Martín Rojas es uno de ellos, protagonista inconfundible de una imagen fotográfica un tanto vieja y percudida de polvo. En ella, las ropas de él están rotas, desgarradas y sucias; es delgado, calvo, y su piel muy morena, tan morena como la que hoy contrasta fuertemente con la calvicie que le han ocasionado sus 80 años, que no son los mismos que sus 55 de ese entonces. Él es uno de los que en ese entonces ya había nacido y que hoy vive para contarlo.

Apartar la vista de la fotografía es requerido, y una vez estando en medio de Santa Fe ver al suburbio convertido en un basurero es un efecto, una consecuencia inmediata de la imaginación; acto seguido, observar el cielo es un hecho ineludible para segundos después bajar la mirada y encontrarse de pronto en medio de los majestuosos edificios, los árboles frondosos y la plaza. Pareciera ser que todo fue efecto, producto y gracia de Manuel Camacho Solís durante su gobierno capitalino, que decidió hacer surgir del vertedero una de las urbes más modernas de la metrópolis.

He ahí los altos edificios que se esfuerzan por acariciar a las nubes sin éxito, son tan altos que parecen monstruos deseosos de aplastar todo cuanto se encuentra a sus pies, son imponentes y hasta arrogantes, pretendiendo llamar una atención magnificada y exagerada. Hacen junto con el cielo la mancuerna perfecta, haciendo creer que se trata de una pintura recién hecha, todavía fresca.

El reloj marca las cuatro de la tarde y un viento álgido se muestra perenne, no se ve pero se siente, abusa del espacio vital que debiera haber entre él y yo, entre los otros y él; sin pedir permiso llega, acaricia, empuja, corta la respiración y se va. Los árboles del estacionamiento de Plaza Santa Fe son los principales testigos del abuso de confianza de ese aire brusco y atrabancado, están ahí estáticos y disfrutando el paisaje, de un horizonte que sin lograrlo quiere semejar a la ciudad ficticia de Metrópolis para ver volar a Clark Kent de un edificio a otro convertido en superman.

“No te quiero porque te necesito, te necesito porque te quiero”, dice un letrero que está en medio de la nada, si acaso entre unos pocos carros estacionados que descansan después de la fatiga y recobran fuerzas para volver a las andadas; es un anuncio donde una mujer te mira con firmeza para sólo dejar en claro que ella es “totalmente palacio” y nada más.

-¡Ya vamos a entrar!, quiero comprobar si aquí hay un Hugo Boss, -dice Gerardo Sánchez de 22 años a quien se le ve reticente y escéptico de que la plaza verdaderamente sea un centro comercial digno de una zona que se concibe como de primer mundo. Mientras tanto, camina a pasos largos y veloces, sólo desea comprobar si el lugar como ladra muerde o si como ronca duerme, qué se yo.

-¡Ay Gerardo! Tú sólo viniste a criticar y a exhibir tus cualidades de niño fresa que vive en Ciudad Neza, -le respondió Mariana con tono burlesco y sarcástico, quien hace lo posible por caminar tan rápido como él para alcanzarlo, pero es imposible, entonces debe correr.

Dejan atrás al difunto basurero vestido de gala que fue enterrado en la década de 1980 en el sector poniente de la Ciudad de México durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994); aquel lugar que en menos de una década comenzó a ser poblado por corporativos de empresas transnacionales y mexicanas que encontraron ahí una oportunidad para inscribirse en el mundo de los negocios. Era la reencarnación misma del cadáver, con apariencia elegante y ostentosa.

De pronto aparece ante la vista Plaza Santa Fe, uno de los centros comerciales más exclusivos de la Ciudad de México, el que se supone es el proyecto más grande e integrado de Latinoamérica. Adentro todo es algo más de lo mismo, nada tiene de novedoso, aunque “el ambiente navideño ya se deja sentir”, comenta una señora que caminaba tomada de la mano de su esposo a lo largo del primer piso.

Esferas, luces y estrellas se unen para formar adornos navideños que yacen colgados en el techo; la escarcha no podía falta vísperas a las fiestas decembrinas. La planta baja y dos pisos conforman la plaza que, por cierto, es lujosa y de infraestructura alargada. Un vestido azul de noche de Carlo Gionavi se encuentra en un aparador, es fácil pensar que una mujer sobre la que caigan esos tirantes dorados se vería espléndida y entonces uno se la imagina; cada aparador como éste da la bienvenida.

La cafetería está abajo, y desde lo alto puede ser observada; en ella hay sombrillas de color café y anaranjado que nada tienen de funcionales, salvo delimitar cada espacio y generar el hambre en quienes se pasean por los alrededores. Cada mesa carga los cubiertos de forma impecable, aunque de nada vale pues el lugar está casi desierto, ni una mosca se decide a honrarlo con su presencia.

“Mira el árbol mamá, mira el árbol”, dice una niña a su mamá. Ahí está el árbol navideño de Ferrero Rocher, es dorado por obviedad, altísimo e imponente ante los ojos de quienes lo contemplan. En la parte superior presume una estrella, mientras que en el resto enseña orgulloso los cascabeles, espirales, esferas y luces que lo adornan; por cierto, éstas últimas iluminan por tramos, primero abajo, luego en medio, más tarde arriba y, de pronto, todo se ilumina mágicamente. A sus pies hay regalos y unas palmeras artificiales que desencajan del escenario.

Los tapetes Bensire no podían faltar, la entrada del negocio parece castillo de tiempos lejanos y las alfombras multicolores hacen creer que Aladino emprenderá el viaje sobre una de ellas de la mano de Jasmine; lo único que falta es la lámpara maravillosa.

Árboles navideños de todo tipo y tamaño hay por todos lados, aquí están los verdes y por allá los blancos, pero no está nevando, sólo es ficción, mentira, algo artificial. Mientras tanto, las tiendas de ropa esperan a sus víctimas para hacerlas desfallecer ante un suéter, unos jeans, una blusa o un vestido.

En los aparadores hay maniquíes que desean cobrar vida; uno habla por teléfono mostrando su vestimenta, otro platica en la calle para enseñar sus zapatos y otro más se encuentra sentado sobre su cama para hacer notar y lucir tanto su maquillaje como su peinado. Son mujeres escenificadas por muñecos que venden la idea de que verse bien es lo más importante.

Las hadas, la bisutería, los dulces y todo tipo de obsequios no podían faltar en un día de recorrido comercial. Un grandísimo anuncio donde diversos rostros muestran lentes llama la atención, mas cabe recordar que de nada sirven en ese momento las gafas azules, verdes, negras o moradas pues al sol no se le ha permitido la entrada.

“ !Mira qué lindo trenecito! ”, dice una joven a su novio señalando lo navideño. Una vez más ahí están los muñecos de nieve, los Santa Claus y los renos, queriendo saludar y sonreír pero sin lograrlo concretamente; por su parte el tren se mueve alrededor de una gran montaña blanca, ahí van todos los regalos que se repartirán la noche de navidad.

Del otro lado están los elfos, “!qué feos!”, comenta una joven acompañada de un rostro lleno de terror. Por el otro los juegos, las maquinitas y el casino hacen su aparición con enigma, aguardando a los jugadores en medio de una oscuridad que contrasta fuertemente con luces de múltiples colores. ¡Al fin! Hugo Boss sí existe en este lugar, desde aquí se puede ver. Y si lo que se tiene es hambre y prisa, está Burger King, Kentucky Fried Chicken, Pizza Hut y El Globo, entre muchas otras opciones.

He ahí Plaza Santa Fe, un centro comercial entre torres de oficinas y departamentos, algunos de ellos hasta de más de 45 pisos, y todos en sí mostrando una arquitectura de vanguardia.

Comparo dos fotos, una del pasado y otra del presente. ¡Qué buen efecto de transición por difuminación hecho en mi mente con sólo ver dos imágenes. Las veo y lo imagino una vez más: la transformación, la metamorfosis del basurero al elegante suburbio.